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Pocas veces una película consigue capturar algo tan intangible como una sensación. Backrooms, la esperadísima adaptación cinematográfica del fenómeno viral de Internet creada y dirigida por Kane Parsons, ha llegado a los cines con la difícil tarea de expandir un concepto que precisamente funcionaba por ser algo que nunca se terminaba de explicar ni de expandirse. El resultado es una propuesta extraña, incómoda y centrada en generar una atmósfera turbia que demuestra que el joven cineasta de apenas 20 años tiene una voz propia y un talento que merece toda la atención de la industria. No es una película para todos los públicos, pero sí una de esas experiencias que permanecen en las cabezas mucho después de abandonar la sala.

Una atmósfera enfermiza que atrapa desde el primer minuto

Si hay algo que Backrooms hace extraordinariamente bien es construir una atmósfera capaz de generar inquietud constante. Desde sus primeros compases, Kane Parsons consigue trasladar al espectador a un universo donde las reglas parecen haberse roto y donde cada pasillo, cada habitación y cada espacio (aparentemente cotidiano) parece esconder una amenaza imposible de definir.

La película abraza por completo el concepto de los espacios liminales, explotando ese miedo irracional que surge cuando un lugar parece familiar y extraño al mismo tiempo. El resultado es una sensación permanente de desorientación y malestar que rara vez desaparece. Es una propuesta rara, espeluznante y muy eficaz, una de esas obras que entienden que el terror más potente no siempre necesita dos horas de jumpscares monstruosos para funcionar.

Un ritmo lento que exige paciencia, pero recompensa al espectador

Uno de los aspectos que más dividirá a la audiencia es el ritmo del filme. A pesar de que su duración ronda los 110 minutos (para como están las cosas, parece poco), Backrooms apuesta por una narrativa cocinada a fuego lento. Parsons dedica gran parte del metraje a construir preguntas, sembrar enigmas y dejar que el espectador se pierda dentro del desconcertante universo que presenta.

En lo personal, la propuesta me funcionó desde el principio. Entré rápidamente en el juego planteado por la película y me dejé arrastrar por sus misterios sin necesidad de obtener respuestas inmediatas. La sensación de no comprender del todo qué está ocurriendo o forma parte de la experiencia. Cuando la historia acelera en su tramo final, la tensión acumulada encuentra por fin una vía de escape, aunque siempre manteniendo intacta esa sensación de incertidumbre que define toda la obra.

Una historia interesante que quizá no explota todo el potencial del concepto

La narrativa cumple con lo que se propone, pero también deja la impresión de que había margen para ir un paso más allá. La película captura parte de la fascinación que convirtió a los Backrooms en un fenómeno global, pero por momentos surge la duda de si habría sido más efectiva abrazando más el terror y menos la intriga.

Algunas de las ideas más inquietantes de la película funcionan mejor como conceptos que como explicaciones. Hay momentos en los que hubiese deseado que ciertas presencias permanecieran como amenazas intangibles, solo presencias sugeridas que nunca llegasen a materializarse por completo. Parte de la magia del fenómeno original residía precisamente en la imaginación del espectador y, en ocasiones, la película parece debatirse entre preservar ese misterio o intentar darle forma. Aun así, la historia consigue algo muy valioso: salir de la sala preguntándote qué acabas de ver y tratando de descifrar el significado de la obra completa.

Kane Parsons demuestra que está preparado para revolucionar el cine de género

Más allá de sus virtudes narrativas, Backrooms supone una auténtica carta de presentación para Kane Parsons como cineasta. Resulta difícil creer que estamos ante su primera película cuando observamos el dominio visual que demuestra en numerosas secuencias. Hay una personalidad detrás de la cámara que se percibe constantemente y que convierte cada una de las decisiones técnicas en herramientas que refuerzan la experiencia.

Especialmente destacables son los segmentos rodados desde la perspectiva POV y su aproximación al lenguaje del found footage. La combinación entre diseño y mezcla de sonido y banda sonora genera algunos de los momentos más inmersivos de toda la película. Parsons entiende perfectamente cómo utilizar los recursos audiovisuales para transmitir miedo, confusión y aislamiento, construyendo secuencias que funcionan tanto a nivel técnico como emocional.

Balance final: La llegada de una nueva generación de creadores al cine

Quizá uno de los aspectos más estimulantes de Backrooms sea lo que representa dentro de la industria actual. La película confirma que estamos asistiendo a la llegada de una generación de creadores que ya habían demostrado su talento en Internet y que ahora están encontrando su propio espacio para trasladar esas ideas a la gran pantalla.

Kane Parsons forma parte de una ola de autores que incluye nombres como Curry Barker (Obsession) o Mark Fischbach (Iron Lung), creadores que han entendido cómo conectar con nuevas audiencias sin depender necesariamente de presupuestos multimillonarios. Su éxito demuestra que todavía existe espacio para la originalidad, para la experimentación y para las propuestas arriesgadas dentro del cine comercial de autor. En una industria que a menudo parece dominada por franquicias y fórmulas repetidas, resulta refrescante encontrar películas con esta ambición, identidad propia y ganas de explorar territorios nuevos. Backrooms no es perfecta, pero sí representa exactamente el tipo de cine que necesitamos ver más a menudo.

Esta noticia está escrita por Rubén Mota y editada por Fran Molinez.

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