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El ser querido es mucho más que una película sobre un rodaje: es una mirada incómoda y profundamente humana a los traumas, la masculinidad tóxica y la necesidad de reparar algo como sea para intentar sanar. Rodrigo Sorogoyen vuelve a demostrar por qué es uno de los grandes directores del cine español con una película sostenida por el impresionante duelo interpretativo entre Javier Bardem y Vicky Luengo, dos actores que convierten cada enfrentamiento en un auténtico campo de batalla emocional. Una cinta visualmente magistral, tensa y repleta de momentos de enorme potencia que, aunque deja algunos hilos abiertos en su tramo final, confirma el talento de Sorogoyen para llevar al espectador hasta lugares incómodos.

Las interpretaciones históricas de Javier Bardem y Vicky Luengo

Si hay un elemento que consigue elevar a El ser querido por encima de cualquier otra producción, es el duelo interpretativo entre Javier Bardem y Vicky Luengo. Ambos construyen una relación cargada de heridas, resentimientos y emociones contenidas que convierte prácticamente cada conversación en una batalla. No necesitan recurrir constantemente a grandes discursos: una mirada, un silencio o un cambio en la forma de decir una frase son suficientes para que entendamos todo lo que sus personajes llevan acumulando durante años.

Bardem demuestra una vez más por qué es uno de los actores más importantes de nuestra cinematografía, pero lo verdaderamente fascinante es cómo Victoria Luengo consigue plantarle cara y construir una interpretación de una fuerza extraordinaria. La película encuentra en ellos su motor principal y Sorogoyen sabe exactamente cuándo dejar que los actores ocupen todo el espacio. Verlos compartir pantalla es asistir a una auténtica batalla de titanes de la actuación como bien menciono en el titular de la crítica. Es una de esas parejas protagonistas capaces de sostener por sí solas una película completa.

Sorogoyen convierte el metacine en algo distinto

Una de las grandes virtudes del filme está en cómo utiliza el propio proceso artístico de hacer una película para hablar de algo mucho más profundo. Sorogoyen consigue plasmar la creación cinematográfica como una especie de mecanismo de inhibición mental, una herramienta con la que sus personajes intentan enfrentarse a sus propios traumas y a aquello que llevan demasiado tiempo sin saber cómo gestionar. El problema es que crear una película no necesariamente cura las heridas, y ahí es donde la propuesta encuentra buena parte de su fuerza.

La película habla del cine mientras a la par que habla de las personas que hacen cine. Y lo hace sin convertir esta dimensión metacinematográfica en un ejercicio de autocomplacencia. Sorogoyen consigue mostrar cómo un rodaje puede convertirse en un espacio de confrontación, terapia y, a la vez, dolor. Es especialmente interesante porque pocas veces recuerdo haber visto en pantalla un rodaje retratado de una manera tan creíble y, al mismo tiempo, tan estimulante.

Una mirada incómoda a la masculinidad tóxica de un padre

Sorogoyen vuelve a introducir una de sus grandes obsesiones: la forma en la que determinados comportamientos masculinos pueden convertirse en violencia emocional. El ser querido encuentra diferentes maneras de explorar esta masculinidad tóxica sin necesidad de convertir a sus personajes en simples arquetipos. Aquí lo interesante está precisamente en las contradicciones, en las personas que pueden ser víctimas y verdugos al mismo tiempo y en cómo determinados patrones de comportamiento se transmiten y terminan afectando a quienes están alrededor.

Esta mirada resulta especialmente potente porque la película no parece interesada en ofrecer respuestas fáciles. Sorogoyen coloca a sus personajes frente a sus propios fantasmas y deja que sean sus decisiones, sus relaciones y sus enfrentamientos los que hablen. Hay una incomodidad constante que hace que el espectador tenga que posicionarse, replantearse lo que está viendo y, en algunos momentos, preguntarse hasta qué punto los personajes son capaces de comprenderse realmente a sí mismos.

Una escena de rodaje para recordar durante años

Visualmente, la película vuelve a demostrar la enorme capacidad de Sorogoyen detrás de la cámara. El director construye una película en la que la puesta en escena no está simplemente al servicio de la historia, sino que participa activamente en la construcción de la tensión. Los encuadres, los movimientos de cámara y la forma de colocar a los personajes dentro del espacio contribuyen a generar una sensación de incomodidad que va creciendo progresivamente.

Y hay una escena de rodaje especialmente memorable que se coloca, sin ninguna duda, entre las escenas más tensas que recuerdo haber visto en un cine en años. Es uno de esos momentos en los que el espectador prácticamente deja de respirar mientras espera a descubrir qué va a suceder. Sorogoyen demuestra ahí una maestría absoluta para manejar el tiempo, la tensión y las interpretaciones, y consigue que una situación aparentemente relacionada con el proceso de hacer una película termine adquiriendo una intensidad casi insoportable.

Un tercer acto que deja demasiado en el aire

Mi principal problema con El ser querido aparece en su tercer acto. La película abre diferentes líneas narrativas y plantea cuestiones que resultan suficientemente interesantes como para querer conocer sus consecuencias, pero algunas terminan quedándose en un terreno demasiado ambiguo. Entiendo perfectamente la intención de Sorogoyen y valoro que no quiera subrayarlo todo ni ofrecer al espectador una conclusión cerrada y explicada hasta el último detalle.

Sin embargo, en este caso concreto me hubiese gustado que algunos de esos hilos se desarrollaran de otra manera. No porque la película necesite explicarlo absolutamente todo, sino porque algunas de las cuestiones que plantea tienen tanta fuerza que su resolución me terminó dejando una sensación ligeramente insatisfactoria. Es una decisión narrativa que probablemente genere debate entre los espectadores y que, de hecho, invita a sacar nuestras propias conclusiones, pero personalmente creo que la película tenía material suficiente para cerrar determinadas ideas con mayor contundencia.

Balance final: ¿La obra definitiva de Sorogoyen?

Aun con esta pequeña pega, El ser querido me parece una de las propuestas más interesantes de Rodrigo Sorogoyen. Es una película que entiende el cine como herramienta artística, como espacio de conflicto y como intento desesperado de comprender aquello que nos hace daño. Y, sobre todo, es una película que demuestra que todavía se puede hablar de cine dentro del cine sin caer en lo ególatra, utilizando el rodaje como una extensión de los propios personajes.

Sorogoyen firma una obra de enorme potencia visual y actoral, sostenida por dos interpretaciones extraordinarias y por una capacidad para generar tensión que vuelve a estar a un nivel altísimo. Cuando una película contiene momentos de esta intensidad, una dirección tan precisa y un duelo interpretativo como el de Javier Bardem y Vicky Luengo, hay pocas dudas de que estamos ante una película que merece ser vista y, sobre todo, discutida.

Esta noticia está escrita por Rubén Mota y editada por Fran Molinez.

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