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La nueva versión de La Momia, dirigida por Lee Cronin, llega con una propuesta radicalmente distinta a lo que el público podría esperar del clásico monstruo. Lejos de la aventura o el terror más comercial, esta reinterpretación apuesta por un enfoque visceral, incómodo y marcadamente demoníaco. El resultado es una película que mezcla posesiones, body horror y una atmósfera asfixiante que no deja indiferente.

Con el recuerdo aún reciente del impacto de Evil Dead Rise, Cronin se enfrenta aquí a una expectativa alta. ¿Ha conseguido reinventar el mito o se ha perdido en su propia ambición? Esta crítica analiza una de las propuestas de terror más agresivas del año.

Cuando el mito se convierte en pesadilla

Desde sus primeros minutos, La Momia de Lee Cronin deja claro que no quiere jugar en terreno seguro. La película abandona cualquier rastro de fantasía clásica para sumergirse en un horror mucho más físico y perturbador. Aquí no hay aventura ni romanticismo: hay carne, sangre y una sensación constante de amenaza.

Cronin construye una atmósfera angustiante que se pega a la piel del espectador (o se despega según lo mires). La suciedad visual, los espacios cerrados y la incomodidad constante convierten la experiencia en algo casi claustrofóbico. Es una película que no busca gustar, sino incomodar, y lo consigue con una eficacia brutal.

Una experiencia que te arrastra sin pedir permiso

Hay algo casi hipnótico en cómo la película te va atrapando poco a poco. Empieza con una tensión contenida, incluso cayendo en clichés que dan a entender que será una película muy generalista, pero pronto se convierte en una auténtica locura sin frenos. Cada escena a partir del segundo acto parece empujar un poco más lejos los límites, como si Cronin estuviera retando al espectador a dejar de mirar la pantalla.

Mientras avanzas en la historia, surge una reflexión inevitable: ¿hasta qué punto queremos que el terror nos incomode? Porque esta Momia no busca el susto fácil, sino una experiencia que se siente desagradable, casi invasiva. Es ese tipo de cine que te hace cuestionarte qué narices estás viendo… pero tampoco puedes apartar la vista.

Posesión, gore y body horror: el sello Cronin

Si algo define la película es su apuesta por el exceso. Las escenas de posesión están llevadas al extremo, con un enfoque muy físico que recuerda directamente al mejor cine de terror contemporáneo. El body horror juega un papel clave, con imágenes que pueden quedarse grabadas durante días.

En este sentido, Cronin demuestra que sigue dominando el lenguaje del terror moderno. La puesta en escena es agresiva, efectista y, en muchos momentos, sorprendentemente gamberra. Hay una intención clara de impactar, de provocar reacción, y eso convierte a la película en una experiencia intensa, aunque no siempre equilibrada.

Irregularidad y caos: cuando la ambición juega en contra

No todo funciona igual de bien. Uno de los principales problemas de la película es su irregularidad. La duración se hace notar, y aunque el ritmo es generalmente alto, hay momentos en los que la narrativa se dispersa.

Además, la mezcla de géneros (terror demoníaco, thriller policíaco, horror corporal e incluso ciertos toques más experimentales como el final tornado de epicidad) genera una sensación de caos. No es un caos necesariamente negativo, pero sí hace que la película pierda algo de foco. Es como si Cronin quisiera hacer demasiadas cosas a la vez.

Balance final: La sombra de “Evil Dead Rise” y la sensación final

Es inevitable comparar esta película con Evil Dead Rise, la anterior película del director. Aquella obra me pareció directa, contundente y perfectamente medida. Aquí, en cambio, Cronin apuesta por algo más ambicioso y descontrolado, lo que me dejó una sensación agridulce.

La realidad es que La Momia de Lee Cronin es una buena película de terror, notable en muchos aspectos, pero no alcanza el nivel de su anterior trabajo. Satisface, pero no sacia. Y quizá para mí ese sea su mayor problema: no es lo que esperaba, pero es algo que recomiendo que experimentes.

Esta noticia está escrita por Rubén Mota y editada por Fran Molinez.

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