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Hoy toca hablar de 28 Años Después: El Templo de los Huesos, una de las secuelas más extremas, perturbadoras y radicales del cine de terror reciente.

Bajo el guion de Alex Garland y la dirección de Nia DaCosta, la franquicia de zombis comenzada en 2002 evoluciona hacia un territorio mucho más visceral, violento y surrealista, apostando por el horror más incómodo posible.

Con un alto nivel de carnicería, una atmósfera asfixiante y actuaciones sobresalientes de Ralph Fiennes y Jack O’Connell, la película se consolida como una propuesta de nicho y macabra a la par que reflexiva, capaz de sacudir incluso al espectador más curtido.

Hoy hablamos de 28 Años Después: El Templo de los Huesos:

— Una secuela que rompe con la saga clásica y rechaza la nostalgia
— Terror extremo, violencia explícita y una atmósfera asfixiante
— El uso del gore como herramienta narrativa, no como simple impacto
— Un enfoque más humano, cruel y perturbador del apocalipsis
— Un filme de nicho, radical y orgulloso de incomodar al espectador

28 Años Después: El Templo de los Huesos no pide permiso

Hay secuelas que existen para mantener viva una marca y otras que nacen con la clara intención de romperla desde dentro. 28 Años Después: El Templo de los Huesos pertenece, sin duda, a esta categoría. No es una película complaciente, ni por asomo busca reconectar emocionalmente con el espectador a través de la nostalgia. Aunque hay homenajes fáciles, no hay gestos de complicidad: hay una voluntad clara de incomodar al espectador con lo anterior visto en la saga.

Desde sus primeros compases, la película deja claro que no pretende ser “otra más” dentro del cine de infectados. Su tono es áspero y su ritmo demasiado irregular a propósito. La imaginería de la película es tan extrema que en más de una ocasión provoca la reacción más honesta posible: “¿pero qué estoy viendo?”, pensé en más de una ocasión. Y lo más inquietante: pese a todo, resulta imposible apartar la mirada.

Terror extremo y carnicería: cuando el gore tiene sentido

Uno de los aspectos que más se comentará de El Templo de los Huesos es su nivel de violencia explícita, notablemente más elevado que en entregas anteriores. No estamos ante un gore gratuito ni estilizado; es físico, sucio y profundamente incómodo. Hay escenas diseñadas para revolver el estómago incluso a espectadores curtidos (y lo consigue sin esfuerzo, lo digo porque lo viví).

Sin embargo, lo interesante es que esta brutalidad no es un fin en sí mismo. La violencia aquí funciona como lenguaje narrativo, como una extensión natural de un mundo donde la moral ha colapsado por completo. El horror no viene únicamente de los infectados, los cuales quedan en un segundo plano casi total, sino de la normalización de la barbarie. La película trata de contarte la historia de cómo los personajes humanos han asumido la crueldad como moneda de cambio para sobrevivir.

Surrealismo, inhumanidad y un guion retorcido

El guion de Alex Garland vuelve a demostrar su interés por el terror como vehículo de reflexión, pero esta vez llevado a un terreno mucho más surrealista y rocambolesco. La película se mueve constantemente entre lo real y lo pesadillesco, construyendo una atmósfera opresiva que refuerza la sensación de estar atrapados en un mundo sin salida y cada vez más loco (tanto para lo bueno y divertido como para los más profundos horrores).

Nia DaCosta entiende perfectamente este planteamiento, y lo traduce en imágenes perturbadoras. Apuesta por una puesta en escena que roza lo grotesco sin perder coherencia interna. El resultado: una obra que habla de la inhumanidad humana con más crudeza que cualquier discurso explícito. Aquí los monstruos no siempre gruñen ni corren: a veces razonan, deciden y justifican sus actos.

Interpretaciones sublimes y una secuela que se sostiene sola

En medio de este descenso a los infiernos, destacan con fuerza las interpretaciones de Ralph Fiennes y Jack O’Connell, absolutamente entregados a unos personajes complejos, rotos y moralmente ambiguos. Ambos aportan una intensidad que eleva el material y da peso emocional a una historia que podría haberse quedado en el mero impacto visual.

Lo más sorprendente es que El Templo de los Huesos funciona como una secuela autosuficiente. No depende constantemente del recuerdo de las películas anteriores ni necesita justificar su existencia a través de guiños. Evoluciona las ideas de la franquicia, las lleva a un extremo casi ilógico y construye una identidad propia, más macabra y más radical.

Una película de nicho… y orgullosa de serlo

Conviene dejar algo claro: esta no es una película para todos los públicos, ni siquiera para todos los fans del terror (ni de las películas anteriores). 28 Años Después: El Templo de los Huesos es prácticamente cine de nicho, y no se esfuerza en disimularlo. Si la entrega anterior ya te resultó incómoda o excesiva, aquí el impacto se multiplica por mil, por lo tanto si es tu caso personal puede que esta película no sea para ti.

Aunque precisamente yo veo que ahí reside su valor. En una industria cada vez más obsesionada con agradar, esta secuela opta por ser radical, incómoda y valiente. Es una obra que no busca la zona de confort del espectador, sino pura reacción. Y en ese riesgo, en esa falta de filtros y en su brutal honestidad, se convierte en una de las propuestas más audaces y perturbadoras que ha dado el cine de zombis reciente.

Esta noticia está escrita por Rubén Mota y editada por Fran Molinez.

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