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Feliz ano a todos (especialmente a los de Twitter). He terminado Stranger Things con una sensación extraña: no me ha volado la cabeza, no me ha sorprendido, no me ha dejado en shock… y aun así me ha convencido. Más aún: me ha gustado. Porque, con todas sus sombras, es un final que entiende lo que siempre fue esta serie y no intenta fingir ser algo distinto en su último suspiro.

Durante horas he leído que si es un final “blando”, que si es “seguro”, que si “no arriesga”, que si “no está a la altura”. Y en parte es cierto. Pero también creo que muchas de esas críticas nacen de una expectativa equivocada, alimentada por teorías, hype y una idea de Stranger Things que la propia serie nunca prometió cumplir.

Vamos a ir por partes.

⚠️ ALERTA DE SPOILERS ⚠️

El siguiente texto contiene comentarios, interpretaciones y referencias directas al final de Stranger Things, incluyendo decisiones narrativas clave, destino de personajes y el sentido del epílogo.

Si aún no has visto el final de la serie y prefieres llegar sin contexto previo, te recomendamos no continuar leyendo.

A partir de aquí, se habla abiertamente del cierre de la historia.

Hoy analizamos el final de Stranger Things:

— Un final que prioriza la reparación emocional frente al espectáculo
— El choque entre expectativas del fandom y la realidad de la serie
— Vecna, el lore y la falsa promesa de una mitología cerrada
— El epílogo como verdadero clímax narrativo
— Eleven y por qué su final es la decisión más Dungeons & Dragons posible
— Por qué Stranger Things termina exactamente donde debía terminar

Stranger Things siempre creyó en reparar, no en explicar

El final de Stranger Things deja algo muy claro: esta serie cree en la reparación. En volver a lo cotidiano después del horror. En reconstruir vínculos, rutinas y afectos tras el trauma.

Eso lo ha hecho siempre. Desde la primera temporada, cuando derrotar al monstruo no significaba “ganar”, sino volver a casa, sentarse a la mesa, seguir viviendo. El final simplemente lleva esa idea hasta sus últimas consecuencias.

Aquí no hay obsesión por cerrar cada pregunta del Upside Down ni por ordenar la cosmología como si estuviésemos ante una saga de ciencia ficción dura. El mensaje es otro: sobrevivimos, seguimos adelante, y lo que importa no es entenderlo todo, sino no perder a quienes tienes al lado.

Y claro, si el lore es lo que más te importaba, este final te va a dejar frío.

El gran malentendido: Stranger Things nunca fue una mitología perfecta

Durante años, la serie jugó con la ambigüedad. Monstruos distintos, amenazas que no siempre encajaban del todo, reglas que parecían cambiar. Y funcionaba porque era parte del encanto.

Pero en las últimas temporadas, sobre todo desde la cuarta, se insinuó algo distinto: jerarquías del mal, conexiones más claras, una gran explicación final. Dustin teorizando, Vecna como general del Mind Flayer, pistas que parecían apuntar a un gran diseño maestro.

Y ahí se generó el problema.

El final no cumple esa promesa porque, en el fondo, esa promesa nunca fue el núcleo real de la serie. Stranger Things funciona como una campaña de Dungeons & Dragons: distintas aventuras, distintos tonos, reglas que se adaptan, monstruos que no siempre responden a un único sistema lógico.

Pretender que todo encaje como un reloj suizo era pedirle algo que nunca fue.

Vecna y el peso de las expectativas infladas

Vecna cae rápido. Demasiado rápido para muchos. Y es comprensible. Como villano final, su resolución no tiene la épica que uno asociaría a un cierre de nueve años.

Pero también hay que decirlo: Vecna funciona mejor como amenaza que como mito explicado. Su versión humana, su presencia psicológica, su capacidad para encarnar el trauma… todo eso es más potente que su papel como jefe final de videojuego.

El problema no es solo cómo cae Vecna, sino qué esperábamos que representase. El final no quiere que recuerdes su derrota, sino lo que ocurre después de ella.

La batalla es el trámite; la vida que sigue es el mensaje.

Demasiadas cosas chocando a la vez

Hay otro punto importante: en esta temporada final, los distintos sabores ya no se complementan, se pisan.

— Trauma psicológico
— Body horror
— Ciencia ficción militar
— Fantasía oscura
— Todo el espectáculo CGI

Antes convivían mejor. Aquí generan ruido, saturación, exceso. Y eso explica por qué el primer tramo del final se siente inflado, incluso agotador, mientras que el epílogo, mucho más sencillo, resulta liberador.

Cuando la serie baja el volumen, vuelve a ser Stranger Things.

Eleven: el corazón… y la gran sacrificada

Once es el alma de la serie. Y, paradójicamente, esta temporada no siempre la cuida como debería.

Su relación con Max pasa demasiado rápido. El arco con Kali está atropellado. Su vínculo con Hopper, aunque emotivo, carece de la intensidad que el momento pedía. Hay decisiones que se sienten comprimidas, como si faltara espacio para respirar.

Y aun así, su final funciona.

El final de Eleven es puro Dungeons & Dragons

No hay nada más Dungeons & Dragons que este final. No se confirma si Eleven vive o muere. No se explica su futuro. No hay escena definitiva. La historia se detiene… y te deja decidir.

Eso es exactamente lo que ocurre cuando termina una campaña: el máster cierra el libro, pero los personajes siguen viviendo en tu cabeza. El final no es una respuesta, es una invitación a imaginar.

Que la última escena rodada de toda la serie fuese una partida de D&D no es casualidad. Es una declaración de principios.

Mejor un sótano que otra dimensión

Stranger Things nunca fue una serie perfecta. Fue alargada por su éxito, perdió frescura por el camino y a veces confundió escala con profundidad. Pero también nos regaló personajes memorables, momentos icónicos y una conexión emocional que muy pocas series consiguen.

Termina donde empezó: gente alrededor de una mesa, contando una historia, escuchándose, emocionándose. No busca dejarte en shock, sino acompañarte hasta la puerta y despedirse con cariño.

No es un final histórico. No es rompedor. No es perfecto.
Pero es honesto. Y después de nueve años, eso, hoy en día, importa más de lo que parece.

Esta noticia está escrita por Fran Molinez.

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