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Buenos días. Hoy ponemos el foco en La asistenta (2025), uno de los thrillers domésticos más comentados del año y una película que juega a parecer tranquila, ordenada y casi rutinaria… hasta que empieza a incomodar de verdad. Desde su primer tramo, el filme construye una normalidad tan pulcra que resulta sospechosa, obligando al espectador a aceptar sus reglas antes de empezar a torcerlas.
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@motadecine La Asistenta está dando mucho que hablar, y no solo por Sydney Sweeney. Te cuento por qué este thriller parece una cosa… y acaba siendo ot... See more
Resumen de lo que vamos a analizar
— Un arranque engañosamente clásico que construye tensión desde la normalidad
— El papel de Sydney Sweeney y la aportación clave de Amanda Seyfried
— Cómo la película equilibra (o desequilibra) humor, thriller y exceso
— Sus problemas de fondo y por qué su desenlace cambia la percepción del conjunto
Un comienzo engañosamente tranquilo
Este filme arranca como tantos thrillers domésticos recientes: una casa impecable, relaciones aparentemente funcionales y una calma tan pulcra que resulta demasiado sospechosa. Desde el primer momento, la película construye un entorno donde todo parece en su sitio, pero donde el espectador percibe que algo no encaja del todo. No hay prisa por romper la fachada; al contrario, el filme se recrea en ella y genera un ambiente de tensión que engancha a no querer apartar la vista ni en los momentos más incómodos.

Ese arranque deliberadamente clásico no es un error, sino una declaración de intenciones. La película quiere que entres cómodo, que reconozcas los códigos, que aceptes las reglas antes de empezar a torcerse. El problema es que ese juego exige al espectador demasiada complicidad para mi gusto: hay que pasar por alto comportamientos, decisiones y dinámicas que solo funcionan si aceptas el mundo tal y como te lo presentan, sin hacer demasiadas preguntas ni intentar llevarlo al mundo real.
Sydney Sweeney encuentra por fin su terreno
Uno de los grandes titulares de La asistenta es Sydney Sweeney. Después de años siendo más comentada en redes que reivindicada en pantalla, aquí por fin sostiene una película como protagonista con una mezcla de seguridad y descaro que, siendo sinceros, le sienta especialmente bien. Su personaje no busca la simpatía inmediata, y eso juega a favor del relato.

Pero si Sweeney es el rostro visible, la verdadera arma secreta de la película es Amanda Seyfried. Os daréis cuenta de que su interpretación añade capas, ironía y un control del tempo que eleva muchas escenas por encima de lo que el guion puede llegar a plantear sobre el papel. Seyfried parece entender mejor que nadie el tono que la película quiere alcanzar y sabe de manera exacta cuándo empujar la escena hacia lo incómodo, lo perverso o directamente lo ridículo.
Un thriller que divierte y tensa a partes iguales
Mirándola con los mejores ojos posibles, La asistenta para mi ha sido una experiencia sorprendentemente divertida. Es una película que consigue algo poco habitual: hacerte reír y ponerte nervioso casi en el mismo plano. Hay un humor sutil, incluso cruel, que convive con una tensión constante y bien medida.

Los giros de la trama, aunque en la mayoría de casos resultan previsibles para un espectador curtido en géneros parecidos, están ejecutados con suficiente destreza como para seguir resultando satisfactorios. Ves venir el golpe, pero el placer está en comprobar cómo lo encajan los personajes y hasta qué punto la película permite recrearse en ello.
Cuando tomarse demasiado en serio pasa factura
El principal problema de La asistenta no está en su narración, sino en su fondo. El mundo que construye exige que el espectador haga la vista gorda en demasiadas ocasiones. Hay situaciones que solo funcionan si aceptas el pacto imaginario sin cuestionarlo, y la película no siempre facilita ese tránsito.

Además, en varios tramos el filme parece tomarse demasiado en serio a sí mismo. En una propuesta con este tipo de premisa, el equilibrio entre tensión y despropósito es clave. Cuando la película duda entre abrazar el absurdo o mantenerse en un terreno de solemnidad, pierde parte de su potencia. Ese miedo a soltarse del todo es lo que le impide ser más salvaje y, paradójicamente, más coherente con su propia naturaleza.
Un desenlace que abraza el exceso (por fin)
Afortunadamente, La asistenta entiende en su tramo final que el camino sí que pasaba por el exceso. El desenlace introduce dosis bienvenidas de desenfreno, ridiculez y exageración que hacen que muchas de sus decisiones previas cobren sentido retrospectivo.
No es una película perfecta, ni pretende serlo. Es un thriller que adapta la novela homónima y juega con ventaja, ya que sabe hasta dónde puede estirar la cuerda. Sorprendentemente, cuando decide hacerlo, se permite disfrutar del espectáculo. La asistenta es irregular, provocadora y, sobre todo, consciente de que a veces salirse con la suya es parte del encanto. Si queréis pasar un rato más que complaciente en el cine, os la recomiendo.
Esta noticia está escrita por Rubén Mota y editada por Fran Molinez.
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